IRENE ORTIZ
Seguimos asociando a las personas sin hogar con la imagen de un hombre con algún tipo de adicción. Esta visión reduccionista no solo es errónea, sino también peligrosa, ya que refuerza estereotipos que ocultan la diversidad real de quienes se encuentran en situación de calle.
Durante un viaje reciente, me encontré con un individuo —bastante negacionista a mi juicio—, que mostraba una visión particularmente crítica acerca de las personas sin hogar. Según planteaba, las acciones de las asociaciones carecían de éxito porque estas personas solo recurrían a ellas en busca de alimento; luego continuaban sumidas en las drogas y sin mostrar interés por mejorar su situación de calle. En su discurso, concluía que él optaba por acabar con las ayudas o, incluso, clasificaría a las personas beneficiarias por las que merecen una oportunidad y las que no.
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